La Ciudad

El reordenamiento comercial en la ciudad, por la pesca ilegal le retiraron la visa y la noche marplatense vuelve al debate

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

 

En la ciudad donde cada crisis deja una persiana baja como marca en la pared, el nuevo mapa comercial de UCIP viene a confirmar algo que en los cafés empresariales ya se comentaba en voz baja: no existe “el comercio marplatense”. Existen muchas ciudades comerciales adentro de Mar del Plata. Y eso cambia bastante la discusión. Durante años, el debate público quedó atrapado en un número brutal y simplificador: cuántos locales cerraron. Como si una persiana baja dijera todo. El trabajo del Departamento de Estudios Sociales y Económicos de la UCIP intenta correr el foco y mirar otra película: qué se vende, dónde se vende y cómo cambian los corredores comerciales según el barrio, el turismo, el consumo y hasta la identidad social de cada zona. El dato más político del informe no es la vacancia. Es la fragmentación.

 

 

Porque mientras el microcentro, San Juan, Juan B. Justo y Güemes todavía conservan ADN de shopping a cielo abierto –dominio absoluto de indumentaria, calzado y accesorios–, otros corredores ya mutaron hacia esquemas más mixtos donde sobreviven mejor la gastronomía, los servicios y los alimentos. Alem, Constitución o Tejedor parecen haber entendido antes que nadie que el consumo ya no se organiza solo alrededor de comprar ropa. Hay una segunda lectura, menos visible pero más profunda: la ciudad se está reordenando comercialmente según capacidad de gasto, hábitos de consumo y circulación urbana. Güemes resiste con perfil aspiracional; Alem se gastronimiza; Tejedor consolida cercanía barrial; Juan B. Justo pelea contra una vacancia del 15,7 % que revela algo más serio que una mala temporada.

 

 

Porque detrás de cada local vacío hay una pregunta incómoda: ¿qué modelo económico puede sostener hoy un comercio tradicional? Ahí aparece el verdadero valor político del informe que presentó Blas Taladrid. No ofrece épica. Ofrece evidencia. Y en tiempos donde abundan relatos grandilocuentes sobre recuperación o derrumbe, tener datos concretos ya es casi un acto revolucionario. La foto también deja otra enseñanza para el municipio. Las políticas horizontales empiezan a mostrar límites evidentes. No necesita lo mismo Güemes que 12 de Octubre. No enfrenta el mismo problema Tejedor que el microcentro. La geografía comercial empieza a parecerse demasiado a la geografía social de la ciudad: desigual, fragmentada y con velocidades distintas.

 

En otras palabras, mientras algunos corredores discuten cómo atraer más consumidores, otros empiezan a preguntarse cómo evitar convertirse en una sucesión de persianas bajas y carteles de alquiler. Y quizás ahí esté la señal más clara de época. Durante décadas, el comercio fue uno de los grandes ordenadores urbanos de Mar del Plata. Donde había movimiento comercial, había vida urbana, circulación, empleo y clase media. El nuevo mapa de UCIP sugiere que ese equilibrio empezó a desplazarse. No es solamente economía. Es una nueva cartografía de poder urbano.

 

 

En la Cancillería todavía hay quienes hablan del caso en voz baja. No por prudencia diplomática, sino por instinto de supervivencia. El retiro de la visa estadounidense a Pablo Ferrara Raisberg –excoordinador general del Ministerio durante la gestión de Diana Mondino– cayó como una bomba tardía sobre una trama que mezcla pesca ilegal, flota china, lobby empresario y la creciente presión geopolítica de Estados Unidos sobre el Atlántico Sur. La decisión de Washington no fue un gesto burocrático. Fue un mensaje político. Y llegó justo cuando la Casa Rosada intenta profundizar su alineamiento estratégico con Estados Unidos en materia de defensa y control marítimo. La señal fue tan directa como incómoda: para la administración norteamericana, la pesca ilegal dejó de ser apenas un problema ambiental o económico. Es seguridad nacional.

 

 

Detrás del episodio aparece el nombre del buque Tai An, convertido ya en símbolo de las sospechas sobre depredación pesquera en el límite de la milla 200. El barco había sido acusado de capturar merluza negra de manera irregular y el escándalo derivó en una fuerte interna dentro del propio Gobierno. Según distintas reconstrucciones periodísticas, funcionarios del área pesquera intentaron avanzar con sanciones mientras desde Cancillería aparecían llamados para desactivar el conflicto. Ahí emergió Ferrara. En los pasillos oficiales cuentan que el caso generó una grieta silenciosa entre sectores “pragmáticos” del Gobierno –más dispuestos a sostener vínculos fluidos con China pese al discurso ideológico– y quienes promueven un alineamiento total con Washington. La pesca terminó funcionando como terreno de disputa geopolítica.

 

 

El problema para el oficialismo es que el tema toca varios nervios sensibles al mismo tiempo. Primero, porque expone las dificultades estructurales de control sobre el mar Argentino. Segundo, porque vuelve a instalar sospechas sobre vínculos opacos entre empresarios pesqueros y funcionarios. Y tercero, porque Estados Unidos decidió actuar unilateralmente, sin esperar condenas judiciales argentinas. En Balcarce 50 hay otra lectura: creen que Washington eligió hacer visible el caso para disciplinar. La administración de Donald Trump viene endureciendo su estrategia contra la expansión china en América Latina y considera a la flota pesquera asiática una herramienta de proyección territorial y económica. No es casual que la sanción haya coincidido con los acuerdos de cooperación entre la Armada Argentina y la Cuarta Flota norteamericana para monitorear el Atlántico Sur.

 

 

Algunos diplomáticos retirados lo dicen sin rodeos: “Estados Unidos está marcando la cancha donde Argentina históricamente estuvo ausente”. En el sector pesquero también tomaron nota. Empresarios marplatenses admiten por lo bajo que el escenario cambió y que la presión internacional sobre la pesca ilegal será cada vez mayor. Temen más controles, mayores exigencias de trazabilidad y un endurecimiento sobre las licencias vinculadas a capitales extranjeros. Mientras tanto, en Cancillería nadie quiere hablar demasiado del exfuncionario sancionado. Pero en los pasillos todavía recuerdan cómo ciertos expedientes sensibles circulaban con velocidad inusual cuando aparecían intereses chinos en juego. Ahora el ruido llegó desde Washington. Y el eco todavía no termina.

La noche marplatense volvió a convertirse en campo de batalla política. Y no por un boliche nuevo ni por un after clandestino: esta vez la discusión es mucho más profunda. El gobierno de Agustín Neme quiere aggiornar la vieja ordenanza 14.000 –esa reliquia municipal nacida en tiempos de Elio Aprile– y habilitar música amplificada hasta las 4 de la mañana en corredores gastronómicos y comerciales. Del otro lado, Gustavo Pulti levantó la mano para pedir consultas vecinales antes de avanzar. Y ahí explotó la grieta nocturna. Porque detrás de los decibeles, hay algo bastante más pesado: una discusión sobre qué ciudad quiere cada espacio político.

 

En el oficialismo decidieron no discutir solamente horarios. Eligieron polarizar. El intendente Agustín Neme directamente salió a hablar de “los que apagaron la ciudad”, “los Grinch de la política” y “el resentimiento del pasado”. Traducción simultánea: el montaje discursivo apunta directo a Pulti y a la vieja gestión de Acción Marplatense. No es casual. En el entorno de Montenegro entienden que esta pelea les sirve para reforzar un perfil pro inversión, pro gastronomía y pro actividad privada, especialmente frente a un electorado joven y vinculado al comercio, los bares y el turismo. “La ciudad del sí” es el eslogan que empezaron a repetir casi como mantra. Y ahí aparece también Fernando Muro, uno de los arquitectos políticos de la iniciativa, recordando que la actividad mueve más de 700 locales y miles de puestos de trabajo. El mensaje es claro: cualquier límite puede ser presentado como una traba al empleo.

 

 

Del lado de Pulti intentan escapar de la encerrona. Saben que quedar del lado del “no” puede ser incómodo en una ciudad con desempleo alto y economía cada vez más apoyada en servicios, gastronomía y turismo. Por eso el exintendente eligió otro camino: exigir participación vecinal, controles y límites. “Cada cosa en su lugar”, dijo, apelando a la convivencia entre residentes y nocturnidad. En rigor, el expediente que empezó a caminar en el Concejo no solo discute horarios. También flexibiliza criterios de habilitación, revisa topes de aforo y busca dar mayor previsibilidad a inversiones gastronómicas y de entretenimiento. Ahí es donde algunos concejales opositores empiezan a mirar con atención. Nadie quiere aparecer como enemigo del trabajo, pero tampoco quedar pegado a una liberalización total en zonas residenciales.

 

Y hay otro detalle que varios comerciantes repiten en voz baja: no todos los negocios de Güemes, Alem o Yrigoyen están felices con la idea de una ciudad funcionando hasta las 4 de la mañana. Un bar puede celebrarlo; una tienda de ropa, una cafetería o quienes viven arriba de los locales no necesariamente. Por eso, en los pasillos del Concejo algunos ya resumen la discusión de manera brutal: “Esto no es una ordenanza de nocturnidad. Es una campaña electoral disfrazada de música en vivo”. Y mientras el oficialismo intenta vender una Mar del Plata “sin techo”, Pulti busca instalar otra pregunta: ¿quién decide cómo se vive en cada barrio: los inversores, los concejales o los vecinos?

 

El enólogo francés Pierre Polbos visitó por primera vez Mar del Plata para presentar la cosecha 2022 de Cheval des Andes, el proyecto vitivinícola que une a la bodega francesa Château Cheval Blanc con Terrazas de los Andes en Mendoza. Entre otras actividades, fue la “estrella” de un almuerzo que contó con la presencia de especialistas, reconocidos chefs de la ciudad y periodistas. Un animado encuentro donde se aprendió (y se degustó) mucho sobre el vino y se resaltó el buen nivel argentino en la materia. Juan Rodríguez (Cava Federal) y Marcelo Benavídez (Chandon) se ilusionaron con el buen momento de River mientras Gaby Mascolo y Adrián Barbarulo escuchaban con atención a Patricia Negro y Hernán Domínguez, exponentes del excelente momento que atraviesa la gastronomía marplatense en el contexto nacional. Todo atravesado por una degustación de “joyas” de la bodega mendocina que los organizadores prometieron repetir próximamente.

 

Pierre Polbos, de 30 años, ingeniero agrónomo y enólogo diplomado por la DNO de Toulouse, se formó en Château Cheval Blanc. Se incorporó a la bodega como aprendiz en 2019, y rápidamente asumió nuevas responsabilidades, que culminaron con su nombramiento como director técnico de Château Quinault L’Enclos, el viñedo de Château Cheval Blanc en Libourne. Llegado a Argentina en noviembre de 2024, Pierre tomó oficialmente las riendas de Cheval des Andes en agosto de 2025. “La idea –admitió– fue producir un vino de Cru aquí en Mendoza, lo que no es tan común en Argentina. En otras palabras, hacer un gran vino con todas nuestras uvas: trabajamos duro en el viñedo para incluir cada una de nuestras 36 parcelas en el blend final, para lograr la mejor expresión posible del lugar y del clima de la añada. Estamos en un terroir excepcional al pie de los Andes, es un lugar fabuloso. Y estoy encantado de encontrar Malbec, la cepa histórica de Burdeos, aquí, a 11.000 km de Saint-Emilion”.

 

 

En las charlas previas al arribo del joven enólogo francés, irrumpió el tema de la inteligencia artificial. Y se hacía hincapié en la reciente disertación de Jeff Bezos, un empresario, ingeniero y magnate estadounidense, fundador, presidente ejecutivo y exdirector ejecutivo de la empresa de venta en línea Amazon, quien, tras la frase disparadora –“la inteligencia artificial va a reemplazar contadores, abogados, camioneros, radiólogos”–, basó su exposición en las oportunidades. Un campesino de hace un siglo podía entender perfectamente que un tractor amenazaba su trabajo. Lo que jamás habría podido imaginar es que un bisnieto suyo viviría de administrar cuentas de Instagram o diseñar campañas para TikTok. No porque fuera menos inteligente, sino porque entre su mundo y ese empleo faltaban demasiados escalones invisibles: radio, televisión, computadoras, internet, smartphones, plataformas digitales y toda la economía nacida alrededor de ellas. Primero, tuvieron que existir los inventos. Después, apareció el trabajo. “Con la inteligencia artificial ocurre exactamente eso. Todos estamos mirando el tractor. Nadie puede ver todavía aquello que viene siete inventos más adelante”, resaltó uno de los empresarios que asistieron al almuerzo.

 

Por eso el temor hace tanto ruido. Porque puede explicarse con palabras conocidas. La oportunidad, en cambio, todavía no entra en el diccionario. La historia, hasta ahora, tiene una constante: cada gran revolución tecnológica destruyó trabajos, sí, pero terminó creando muchos más. No por altruismo empresarial ni por planificación política, sino porque las necesidades humanas cambian y se expanden más rápido de lo que cualquier máquina logra resolver, detallaba Bezos en esa promocionada charla. Cuando la tecnología alivió el esfuerzo físico, aparecieron nuevas demandas vinculadas al bienestar, al ocio, a la salud mental, a la calidad de vida. Nadie necesitaba masajistas en medio de una cosecha a pala. Los necesitó después, cuando el cuerpo dejó de agotarse trabajando y empezó a agotarse viviendo. “Tal vez dentro de algunas décadas existan profesiones vinculadas a la inteligencia artificial que hoy sonarían ridículas. Especialistas en vínculos emocionales con asistentes virtuales. Arquitectos de personalidad para robots. Curadores de memoria digital. Mediadores entre humanos y algoritmos. Hoy parecen delirios. Mañana podrían facturar 200 dólares la hora y tener agenda completa hasta diciembre”, imaginó el fundador de Amazon. Sin embargo, la conversación pública sigue concentrada casi exclusivamente en lo que vamos a perder. Y probablemente dentro de cien años alguien suba a un escenario, describa algunos de esos trabajos que hoy no podemos ni imaginar y provoque la misma reacción que Bezos consiguió aquella noche: una sala llena de gente riéndose de algo que, en el futuro, será completamente normal.

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